lunes, julio 25, 2005

Una vuelta al kiosco

El domingo por la tarde, Carmen decidió visitar a su tía Nachita, la “quedada”, como la llaman en el pueblo. Sabrá dios quién le puso el apodo. Lo cierto es que ya es del dominio público, merced a la clásica calaverita que, en su honor, queman los días de San Judas. Pero a ella no le importa, y hasta parece enorgullecerse de que su gente la tenga presente en tan fastuoso día. Está tan olvidada del mundo la pobre. Por eso, cuando abrió la ventana de la puerta para ver quién tocaba, se volvió loca de contento al descubrir que se trataba de su sobrina. «¿Cómo está tía?», le dijo ésta cumpliendo con las formalidades. «Bien Carmencita, bien», contestó aquella siguiéndole el juego, mientras corría el cerrojo para franquearle la entrada.

La casa, como siempre, estaba reluciente. No así el cuarto de Ignacia; lugar donde suele encerrarse con sus demonios y donde reina el desorden y la suciedad absolutos. Un vaso quebrado encima del buró; platos amontonados en la silla con comida llena de hongos; cobijas revueltas con papel higiénico sobre la cama; botes de cremas y lociones jamás tapados en la cómoda; una almohada llena de telarañas en el suelo; un bultito de tierra y basura detrás de la puerta; el mugriento trapeador, con su hedor a humedad, dejado en una esquina…

Las dos mujeres se instalaron en la sala. Doña Nacha estaba nerviosa; cruzó sus brazos y comenzó a balancear los pies por debajo de la silla. La sobrina se sintió un poco incómoda y, como para romper el hielo, le preguntó a la anciana por el estado del tiempo. «Pos fíjate que ha estado lloviendo Carmencita, pero parece que hoy San Juan nos va a dejar a secas». Al terminar la frase, Nachita se quedó pensativa; se llevó una mano a la cabeza y se alisó la enmarañada cabellera. «¡Ay!, ni me he bañado ¿tú crees? —dijo de pronto avergonzada—, pero ahorita me echo un regaderazo rápido ¿eda?...para ir a la plaza Carmencita, ¿no?, ¿o qué?, ¿tú cómo ves?, ¿no se te antoja?». La chica reprimió una carcajada, y sólo se limitó a contestarle: «claro que sí tía».

Casi una hora más tarde, tía y sobrina se encontraban sentadas en una banca de la plaza. La una, saboreando un elote asado con enjundia; la otra, con una bolsa de cañas en la mano. A la vez que disfrutaba los jugos dulces de los trocitos de caña que se llevaba a la boca, Carmen se complacía con el espectáculo que se le ofrecía. La gente que se había dado cita en aquel lugar, semejaban estar interpretando un papel en la clásica obra de teatro dominguera. Las jóvenes, ajuareadas con sus mejores galas, no se cansaban de darle vueltas al Kiosco en el sentido de las manecillas del reloj; los chicos, cual buitres a la caza de su presa, se paseaban al lado de ellas en la dirección opuesta. Una vez que elegían a la afortunada, se le acercaban galantemente y, si tenían suerte y la polluela les echaba un lazo, podían entonces transitar con ella del brazo por el tercer anillo, el de las parejas que se paseaban por la orilla a la vista de los viejitos —padres de las incautas— estacionados en las bancas dispuestas en derredor, siempre al pendiente de que aquellos gañanes no se pasaran de tueste.

Cuando Ignacia terminó con su elote, comenzó a presionar a su sobrina para que fuera a dar vueltas también. «¡Ándale!, que al cabo que tu novio ni se va a dar cuenta», le dijo para convencerla. Ésta se resistía; no quería colocarse en el escaparate. Le molestaba sobremanera participar en un juego que le era ajeno y cuyas reglas le parecían estúpidas y denigrantes. Al final, y para darle gusto a la solterona, accedió; no sin antes advertirle que sólo daría una vuelta.

Cabizbaja, Carmen se incorporó a la fila de las “busca-novio”. El tiempo y su relatividad no fueron precisamente sus aliados en tan vergonzoso trance. La fila avanzaba tan lentamente que más de alguna vez sintió el impulso de empujar a la de adelante para que se diera prisa; pero, como sabía que aquello no sería bien visto, se contuvo, y mejor optó por matar el tiempo contando los amargos pasos de su vía crucis. «Uno, dos, tres…», repetía para sus adentros al ritmo de la marcha que más bien le parecía fúnebre, pues sentía como si caminara tras la carroza que cargaba con los restos de sus convicciones.

Todavía no doblaba la primera esquina de la plaza cuando un golpe en la cabeza le hizo perder la cuenta de los pasos. Levantó el rostro y una lluvia de confeti le nubló la vista. Se sacudió los papelitos y descubrió la figura de un joven desaliñado que le brindaba la mano al tiempo que le decía: «me llamo Norberto, ¿me dejas acompañarte?». Sin esperar respuesta, la tomó por el brazo y la condujo a la fila correspondiente (la de las parejas). Carmen tardó unos segundos más en reponerse de la impresión, y cuando lo hizo, ya se encontraba en la orilla, caminando al lado del extraño sujeto. De inmediato pensó en regresar al lado de la tía; le dolía el fregadazo que le había señalado como “elegida”, pero más le indignaba sentirse objeto mercable. Sin embargo, cuando se percató de que aquella no era una práctica común, ya que los jóvenes, en lugar de reventar huevos enconfitados en las cabezas de sus princesas, se acercaban a ellas con flores y algodones de azúcar, dejó su molestia a un lado y se mostró cordial con el “rompe-reglas” desfachatado que caminaba a su costado. Además, como no podía evadir la promesa hecha a su tía y tenía que dar una vuelta completa, prefirió platicar con alguien a seguir su aburrida cuenta en silencio.

Norberto le comentó que no era de ahí, sino de un viejo pueblito al otro lado del mar. Ella le preguntó si siempre actuaba tan irreverentemente o si sólo era por ser foráneo y desconocer las reglas, a lo que él le contestó: «soy como los salmones, me gusta nadar contra la corriente. Aunque todos me digan que estoy determinado por una fuerza que se me impone y me impulsa a avanzar en una dirección específica, yo prefiero creer que todavía tengo energía para moverme en otro sentido, ¡claro!, siempre y cuando los demás, personas de carne y hueso como tú, me lo permitan».

—Entonces, ¿no crees que haya una autoridad que te puede coercionar?—, le dijo Carmen nomás por molestar.

—¡Por supuesto! —contestó él—, pero no a la manera en que nos cuentan metafísicamente algunos filósofos y sociólogos, quienes gustan explicar las relaciones sociales en términos de dominadores y dominados, como si tal dicotomía fuera natural; como si “los de abajo” estuviésemos condenados al inexorable destino de asumir pasivamente los dictados de la elite. Desde mi punto de vista, si nos conducimos de tal o cual forma, no es porque estemos dominados por una elite que difunda sobre su base ignorante las fórmulas del buen vivir; antes bien, considero que estamos en una lucha constante de competencia con ellos, la cual hace que los imitemos, obligándolos a incrementar sus refinamientos, sus prohibiciones y sus censuras. Además, cuando los que pretenden dominarnos nos imponen nuevas y más altas obligaciones les sale el tiro por la culata, porque no hacen más que autocoercionarse, pues se obligan a sí mismos a aumentar las propias, a fin de perpetuar la distinción que los aleja de nosotros y les confiere la autoridad que poseen.

—Pero, planteada la relación en esos términos —arremetió la joven titubeante—, aunque se desnaturaliza la dicotomía, no resuelve el problema del que hablábamos, es decir, la capacidad para moverte a pesar de las restricciones. Si te fijas, lo que está en juego en la lucha que planteas tiene los matices de un bien deseable en sí mismo, tras el que todos vamos, aunque unos siempre conserven la delantera. En ese sentido, y siguiendo con tu teoría, si tú estuvieras en la competencia, no me habrías sorrajado un huevazo, sino que me habrías ofrecido una serenata con trío, como lo hace el hijo del presidente municipal; así, lo habrías obligado a incrementar sus gastos, pues habría tenido que contratar un mariachi para seguir distinguiéndose de tí. Estoy de acuerdo contigo en que no somos seres completamente determinados a actuar de maneras específicas, y tampoco contamos con la absoluta libertad para hacer lo que nos plazca, porque no somos individuos aislados. Lo que no me late, es creer que mi capacidad de actuación se reduzca a ser el borreguito que va tras la paja dorada y que siempre le ganan los chivos; o que mi capacidad de influencia se limite a hacer lo que se me pide que haga, sabiendo que, con ello, obligo a cambiar a quienes tal cosa me solicitan, pues tienen que incrementar sus propias actividades. Según yo, si dejáramos de pensar en metas “naturales”, que son siempre las mejores, podríamos entender cómo es que se establecen relaciones de mutua influencia entre la autoridad y la raza, que interactúan en un ámbito de negociación constante. Y es que, según yo, no somos receptores pasivos, ni de los mandatos de “los de arriba”, ni de los postulados de una idea, ¿no crees?

Norberto se quedó un momento en silencio. Sacó un huevo del bolsillo de su pantalón y lo reventó en la mano al cerrar el puño. Meditabundo, comenzó a jugar con el conjunto multicolor, pasándolo de una mano a la otra. Carmen le picó las costillas como para bajarlo de la nube. Entonces él, sin despegar la vista del suelo, le confesó:

—¿Sabes?, hace más de setenta años que me expliqué esas relaciones. En aquel tiempo creí haber dado con una certeza innovadora. Pero ahora que lo dices, creo que debo repensar sus términos.

—¡Bueno! —dijo ella—, yo aquí me quedo.

El recorrido había concluido casi sin sentirlo. La vuelta al kiosco llegó a su fin, y Carmen se despidió de Norberto diciendo: «fue un placer platicar contigo. ¡Ah!, y aunque te suene raro, tus ideas siguen siendo frescas». Le dio un fuerte apretón de manos y se dirigió donde Nachita, quien ya la esperaba de pie para emprender el camino de regreso a casa y a sus tormentos.

4 comentarios:

El leprosario dijo...

Zihuatl:
Coincido con usted en que la competencia entre dominados y dominadores no podemos pensarla en forma lineal como la búsqueda por alcanzar esa paja dorada que siempre ganan los dominadores.
También estoy de acuerdo en que si dejáramos de pensar en metas “naturales”, que son siempre las mejores, podríamos entender cómo es que se establecen relaciones de mutua influencia entre la autoridad y la raza (ámbito de negociación constante). Aceptando obviamente que no somos receptores pasivos, ni de los mandatos de “los de arriba”, ni de los postulados de una idea.
Pero si existieran dimensiones propias de los “de abajo” que escapen al ámbito del poder que ejercen los dominadores, estas necesariamente estarían relacionadas con es mismo ámbito, dado que entrarían en competencia con “la paja dorada” ¿no cree?.
Tuve un maestro (a quien recuerdo con especial aprecio), que señalaba que la mejor forma de construir un mundo alternativo, era precisamente generando nuevas reglas de juego diferentes a las que se plantean desde el poder. Siempre me pregunté ¿pero cómo?. Nos encontramos ante el axioma aceptado de que “todo es política” y que por tanto la pajita gris igual y puede tornarse dorada, según las circunstancias.

Saludos.

Zihuatl dijo...

Oiga mi Leprosario, pero yo no lo dije, fue Carmen, ¿por qué pone palabras en mi boca?, je. Por cierto, Carmen leyó su comentario y le manda decir lo siguiente:

"Señor Leprosario (ah, pa' nombrecito), yo no le dije a Norberto que «los de abajo» estuviéramos completamente desconectados de «los de arriba». Simplemente, le dije que estaba de acuerdo con él en que la relación no era vertical (descendiendo desde las alturas, imponiéndose); pero que me parecía que lo que está en juego en la competencia no es una única paja dorada, y que no podemos medir los términos de esa lucha a partir de un criterio homogéneo, sino que habría que reconocer que lo dorado de la paja depende del cristal con que se mira; además de que, en la interacción, las influencias corren en ambos sentidos".

Saluditos

El leprosario dijo...

jajaja, no critique por favor mi nombre que El Leprosario es un lugar no su servidor. Y tiene razón, no es a usted sino a Carmen a quien debí dirigir mi comentario. Por cierto, me imaginé a Norberto Bobbio (que murió el año pasado)dándole vueltas a la plaza de X pueblo.

Zihuatl dijo...

Pos deje que le informe Mr. Leprosario que el buen Bobbio (todavía) no se ha dignado caminar por las mugrientas calles del pueblo de Carmen.